miércoles, 15 de mayo de 2019

Los colores del incendio


Los colores del incendio

Después de una temporada de lecturas históricas y ensayos varios, resulta doblemente placentero embarcarse en la lectura de una novela en el sentido más decimonónico de la palabra. Y es que el seguimiento de las peripecias de una mujer de la alta sociedad parisina en el período de entreguerras no dejan lugar para el aliento, el deseo de pasar páginas y avanzar en la trama se apodera una vez más con la fuerza de las mejores historias. Una dama que, por su condición de género, no recibió la educación apropiada para dirigir los negocios familiares, tarea destinada a su hermano varón que ni tenía interés en ello ni el devenir de los tiempos se lo permitieron, con las desgraciadas secuelas que dejó en él la participación en la Gran Guerra. Todo esto era tema de una anterior novela de Lemaître, magníficamente llevada al cine, Nos vemos allá arriba (Au revoir, là-haut!). En esta que nos ocupa, Madeleine Péricourt va a demostrar que su capacidad supera todas las expectativas y que, si bien no supo mantener el patrimonio familiar tal y como su padre sospechaba y propició, sabrá resurgir de las cenizas del incendio que la abrasó a ella y a su frágil hijito, para diseñar una empresa mucho más difícil y compleja, la de organizar la venganza y saber esperar fríamente a “ver pasar  el cadáver de sus enemigos”.

Aunque los personajes son todos pura ficción, el contexto histórico, las conspiraciones y los perfiles personales están inspirados en la realidad de un tiempo en el que la mancha del fascismo se extendía por Europa. Una situación que parecía irrepetible y que, con tanta inconsciencia generalizada, está intentado de nuevo colarse en el viejo y en el nuevo continente. Por eso, resulta deliciosamente conmovedora, la carta del pequeño y frágil Paul en la que muestra su determinación e intransigencia con quienes flirtean con ideas supremacista.

 Querida Solange:
Su decisión de ir a cantar a Berlín me preocupa mucho. Leo en los periódicos que hay allí muchas personas que sufren, entre ellas numerosos músicos. No entiendo mucho del tema, lo reconozco, pero he visto fotos de la quema de libros y el saqueo de tiendas judías. Lo que me entristece no es que cante en Berlín, sino verla tan entusiasmada con la gente que hace esas cosas. No sé cómo decírselo. Antes de coger la pluma, he estado dándole vueltas a las palabras mucho rato. Le debo a usted mucho. Cuando oí su voz por primera vez fue como si volviera a nacer. Si sigo vivo es gracias a usted. Pero lo que está haciendo ahora no cabe en mi vida. Por eso le escribo: para darle las gracias de todo corazón, pero también para decirle que no volveré a contestar sus cartas porque la persona a la que le gusta esa gente, sin preocuparse por el resto, ya no es la persona que tanto me gustaba a mí.

martes, 30 de abril de 2019

Tierra de mujeres


¿Y si el problema de la despoblación comenzó por la falta de atención y la constante discriminación hacia todas las mujeres de nuestros pueblos? Se pregunta María Sánchez, la joven veterinaria que compagina vocación rural y literaria. Y bien cierto es que, aunque el problema  de la despoblación es muy complejo y hunde sus raíces en la Historia de este país, si la cuestión de género no fue el desencadenante principal, ha sido un factor clave desde la segunda mitad del s.XX hasta ahora mismo.  

Una obra que reivindica la cultura de los pueblos, el trabajo y la sororidad de las mujeres que lo habitan y se rebela contra el concepto tan extendido del vacío español. “No somos la España vacía. Somos un territorio lleno de vida. De personas, de historias, de oficios, de comunidades”, un territorio que tiene voz propia, que no necesita que nadie venga de la ciudad para construirle el relato. Muchos de nuestras abuelas y abuelos nunca fueron con la cabeza alta por ser de pueblo. Esperaban que vinieran de afuera para aprender. Ellos siempre los invisibles, los callados, los analfabetos… Ahora nos toca a nosotras construir nuestra narrativa” Y a ello se aplica con entusiasmo porque comparte el pensamiento de otra gran escritora de nuestro tiempo, Chimamanda Ngozi Adichie, “el silencio es un lujo que no podemos permitirnos”. Es una idea que le obsesiona y que repite y explica reiteradamente a lo largo de las páginas, la necesidad de escribir sobre el mundo rural desde dentro, porque se escribe mucho pero desde la ciudad, cayendo en la idealización pero sin una preocupación seria, por mucho que el tema esté de moda. Y su crítica alcanza también al feminismo y a las instituciones. Al primero de ellos porque ha sido un movimiento profundamente ciudadano, que ha olvidado a las mujeres de los pueblos, mujeres que siguen a la sombra, en un medio rural diverso que no tiene una única cara y voz. Se sorprende la autora de los colectivos que surgen en las ciudades buscando como fin la comunidad, el intercambio de saberes o ayudas, la sororidad, la creación de vínculos… olvidándose de que esas actitudes están y han estado siempre presentes en los pueblos, en esas mujeres que mantenían la puerta de su casa abierta, siempre pendientes unas de otras, cuidándose entre ellas…”Siempre he pensado que lo radical y lo realmente innovador sucede en nuestros márgenes. En nuestros pueblos.  Lazos nuevos, tejidos que se crean, proyectos rompedores, ideas maravillosas, asociaciones, colectivos … y las que están detrás, mayoritariamente son las mujeres” Y al mundo institucional porque  es urgente que la PAC implemente de una vez una perspectiva de género. Su actividad no sólo es importante para los habitantes del campo, también la necesitan los que viven en las ciudades. De ella depende que se mantengan nuestros ecosistemas y que dejen de vaciarse de una vez nuestros pueblos”.

En una segunda parte del libro, María fija la mirada en tres mujeres de su familia. Mujeres invisibles que sólo comienzan a existir cuando se convierten en madres. Nunca existieron por sí mismas,  siempre con ellos, detrás de o junto a” (¿os suena?) Seguro que si cada uno de nosotros piensa en las mujeres de su genealogía no le resulta difícil encontrar este perfil, mujeres a las que se les brinda voz una vez que tienen hijos y a las que la autora reconoce en este momento de su vida. Empezando por su tatarabuela Pepa, el alcornoque cuyas raíces sustentan la familia, “una mujer, nacida entre 1860 y 1870, que llevaba la casa y tomaba las decisiones”. Ella era la cabeza y el corazón. Su marido, las manos que nunca paraban de trabajar. Una madre que cada noche "tenía que saber del trabajo de cada hijo para irse a dormir tranquila. Que sabía reconocer perfectamente de qué encina o de qué alcornoque estaban hablando sus hijos. Porque ella seguía allí, con ellos, aunque no los viera ni los tocara". Y cuando leo esto no puedo dejar de evocar la imagen de mi madre, en el otoño del 92, en la cama de un hospital recordando todas las finquitas de la casa familiar, con sus lindes en cada uno de los puntos cardinales y el nombre de los propietarios. Mujeres que crecieron en simbiosis total con la tierra y sus frutos.

La segunda, es su abuela Carmen. Una mujer que nació y creció en una casita con huerto, que desde pequeña tuvo que ir sola todos los días a llevar la comida a los hombres que trabajaban en el campo, una hora de camino a pie. Que no sabía escribir porque no fue a la escuela pero que llevaba el huerto ella sola, sabía recoger las semillas, secarlas, guardarlas… hacerlas germinar en el momento exacto, cuidar las gallinas, arreglar las aceitunas, hacer conservas, dejar bien colocadas las patatas en el desván, encalar las paredes, ir a la cooperativa y a sus olivos, llevar las cuentas de la casa, criar los hijos … mientras el marido estaba lejos, en la emigración… “Las manos de mi abuela no saben de libros y cuadernos, pero sí del frío y de la tierra” ¿A que también os suena? A mí me recuerda una vez más a mi abuela Manuela, que tampoco sabía leer ni escribir pero, como tantas veces me han oído algunos, hablaba francés porque había estado sirviendo al otro lado de los Pirineos. “Pertenecen al clan de las mujeres que llevan una espigada clavada en el pecho.”

La última en la cadena de esas tres mujeres es su madre, Carmen también, como la abuela. “Mi madre ha sido una completa desconocida para mí durante muchos años. No quería parecerme a ella, no quería terminar como ella”. Parece mentira que una autora tan joven sea capaz de expresar con tanta profundidad y rigor el proceso al que a otras nos ha costado casi media vida llegar. Una madre a la que describe con gran precisión como la “hija de un hermano único. Todo para su hermano, nada para ella. No renunció, no habló, no se quejó”. Mientras el hermano iba al colegio, ella caminaba junto a su madre durante una hora al olivar familiar, después de dejar la casa lista y la comida preparada. La historia de esta madre es la misma de tantas  mujeres de este país que dedicaron su vida entera a su familia, poniéndose ellas mismas en la última posición. A María, enamorada de su pueblo, aunque no hubiera nacido en él, le enfadaba que su madre le dijera que no le gustaba el campo, que no tenía ganas de ir al pueblo, le costó entender que lo que para ella era libertad, contacto con la naturaleza, con los animales que tanto adoraba, con sus raíces… para su madre sólo significaba el recuerdo del trabajo y el sacrificio. Y en este punto a mí me recuerda también la aversión que tenía mi propia madre a “ir a comer al campo” y que ella justificaba con un argumento similar, estaba muy cansada de llevar la comida a los hombres y tener que comer con ellos sentada en el suelo. En el libro se explica muy bien cómo el relato de muchas mujeres con el medio rural está a años luz de distancia del que han hecho otros hombres (cita a Miguel Delibes y a Rodríguez de la Fuente). El género, la familia y las circunstancias marca las distancias. Mientras unos contemplan, observan, cuidan, cazan y disfrutan; otras trabajan sin descanso. Es por eso, apunta, que no hay mujeres escritoras de esa generación que escriban desde y en el medio rural. “Las mujeres del campo no podían contar sus historias porque la mayoría no sabía escribir. Porque se les negó el placer de la lectura, ir a la escuela, poder decidir a qué dedicarse, en qué formarse. Se les negó la cultura por completo”. ¿Será por ello que las que pudieron huyeron sin pensárselo dos veces? (Y con esto volvemos a la tesis del principio, la clave de la despoblación).

Y cómo no copiar también letra por letra el terrible y esperanzador  párrafo del epílogo de esta intensa y necesaria obra: 

Nuestro medio rural morirá si no sabemos transmitir a los que vienen su importancia y su cuidado. Y no sólo nuestro medio rural, sino toda la biodiversidad que vive en él, nuestro pueblos, nuestras costumbres, nuestras historias. Nuestra cultura, así, sin el adjetivo rural, porque es cultura y es de todos. Debemos aprender a mirar y transmitir. Preguntar a nuestras abuelas, a nuestras madres. Dar importancia a nuestras historias, a nuestras aldeas. Preguntar, contar, escuchar, cuestionarse una y otra vez. Mirar más allá. Mancharse las manos de tierra Dejar que los que vienen, los niños y niñas del futuro, se manchen también. Se empapen de tierra y animales, de historias de sus mayores, darles la mano, que quieran visitar y habitar una casa llena de raíces y patrimonio que aún está por construirse

viernes, 15 de febrero de 2019

Cuando la imagen choca con el mensaje


En una charla sobre las bondades de la jornada continua en las escuelas aragonesas, un prestigioso psicopedagogo apunta  como la principal la mejora de la conciliación familiar y la calidad del tiempo compartido.  Mientras habla ilustra su exposición con esta diapositiva: 




Toda una muestra del nivel de los argumentos, sólo falta el papá al fondo, sentado en el sofá viendo el fútbol. En realidad habría que  agradecer que la imagen es muy explícita, aunque justamente  para todo lo contrario de lo que se pretendía... Juro que la anécdota es verdadera. Ha sucedido esta semana en un colegio de la ciudad de Zaragoza. 

Por si alguien quiere profundizar en el mensaje de la imagen, le invito a leer un artículo de título muy sugerente ¿Es la jornada escolar continua machista? 

lunes, 11 de febrero de 2019

Cierta luz que deslumbra







Visitar la exposicion Cierta luz organizada por el    colectivo 4F en la Lonja de Zaragoza ha sido una sucesión de impresiones y emociones. Frente a la fotografía de Maysun del humo de la guerra en el cielo de Gaza en 2014, por extraño que parezca, me ha asaltado la evocación de otros cielos, los de la Vista de Delft del maestro Vermeer, "el cuadro más bello del mundo". Belleza y destrucción, sosiego y frenesí, arte y emoción, síntesis de lo que somos, de lo mejor y peor del ser humano, retratado por los testigos de cada época. 





 
La determinación en la mirada de la mujer yemení fijada en el objetivo de Judith Prat nos grita a los espectadores que siempre quedarán almas invencibles que nos devuelvan la fe. Y las entrañables fotos de Divina Campo me han devuelto la  Huesca, la huesqueta, que conocí en mi infancia, la de la leche en polvo de los americanos, el baño en el balde de zinc y, sobre todo, el clasismo que se respiraba, el de las señoras de buenas y victoriosas familias católicas y apostólicas que marcaban distancia con las criadas de origen campesino, en su mayoría, y perdedoras. Con Divina yo sí que he notado la oquedad, la ausencia de su mirada que retiró para casarse y formar familia (como era costumbre en la época). Si no hubiera sido así quizás hubiera alcanzado a fotografiar a esa misma niña que copia disciplinadamente la devota consigna en la pizarra, portando una pancarta en la que se rebelara contra esos mismos dogmas tan pretendidamente fijados en su espíritu. 






Impresionante el mural de fondo con las muchachas en bombachos en plena tabla gimnástica. Puedo decir que yo estaba allí. Y esto sólo son unos mínimos flashes de todo lo sentido en la visita, que no será la única pues tengo que volver para recoger más impresiones. 




domingo, 2 de diciembre de 2018

Campo de Gurs, dolor y honor




Si estremecedora resultó la visita a los lugares de Memoria en Zaragoza realizada con la UPZ en el mes de junio pasado, no menos estremecedor ha sido conocer el Campo de "Refugiados" de Gurs, próximo a la ciudad de Oloron-Sainte-Marie, en lo que hoy es la Región de Occitania. El pasado viernes 23 de noviembre la Universidad Popular organizó la visita a este lugar por donde llegaron a pasar y sufrir un trato inhumano 60.559 personas, entre hombres, mujeres y niños. Gurs fue un campo muy grande, ocupaba 80 hectáreas y llegó a albergar hasta 18.000 personas recluidas al mismo tiempo, cifra que lo convertía en la tercera localidad más poblada de los Bajos Pirineos, solo por detrás de Pau y Bayonne. El 4 de abril de 1939, el alcalde M. Mendiondou recibió en la estación de tren a los primeros refugiados y les estrechó la mano. En la primera semana llegaron más de 4.000 vascos, todos hombres jóvenes, todos soldados, militantes del PNV, del PSOE, del PC, de Izquierda Republicana: perdedores de la guerra. Los enviaron al pueblo de Gurs, donde habían despejado un inmenso campo cenagoso, habían construido 328 barracones y habían rodeado todo con alambradas y garitas de vigilancia. Su construcción se realizó en un tiempo récord de veinte días, y con materiales de batalla pues se trataba de “un alojamiento provisional”. A finales de la primavera de 1939, Gurs ya albergaba a 18.000 personas: además de los vascos, había republicanos de diversas partes de España y brigadistas internacionales. Al principio eran todos hombres pero después llegarían  también mujeres y niños españoles. Con el estallido de la II Guerra Mundial y la ocupación nazi de Francia, el régimen colaboracionista de Vichy encerró también en el campo a los franceses “indeseables” y, después, los alemanes desplazarían al campo a 26641 judíos, para posteriormente volverlos a deportar a los campos de exterminio de Auschwitz y Mauthaussen.

Iniciamos la visita recorriendo l’Allée des Internées, un apacible paseo de prácticamente dos kilómetros que atraviesa de lado a lado un bosque que lucía todo el esplendor del otoño pero, ante la columnata de memoriales del inicio del paseo, Emilio Vallés, nuestro guía, ya nos había recordado el infierno en el que se adentraban los internados cuando hacían el mismo recorrido que nosotros estábamos realizando. Para empezar, hay que saber que el bosque no es natural: lo plantaron en 1950 para ocultar la vergüenza. En el año 1939 era un terreno arcilloso que se convirtió en una ciénaga de barro por las abundantes lluvias, el barro lo inundaba todo, también los barracones donde se instalaban los internados (resulta difícil utilizar la palabra refugiados en una construcción que no cumple las mínimas condiciones de refugio). Los tejados, de cartón alquitranado, no podían contener el agua de lluvia y esta se colaba en los habitáculos, un metro escaso para dormir (en el suelo) y dejar las pertenencias.
Espacio para "vivir"



Todos los barracones originales se derribaron con el mismo ánimo de la plantación de los árboles, borrar todo rastro de este lugar del que el Estado francés se avergonzaba. El único barracón existente es una reproducción levantada por la Amicale deCamps de Gurs, asociación que junto con la de Terres de Memoire et Lutte, son quienes se han esforzado en mantener viva la Memoria de este lugar.





La pequeña cabaña que sirvió de consultorio médico es prácticamente la única edificación original. La  enfermera suiza Elsbeth Kasser se ofreció voluntaria, para asistir a los internados cuando tuvo conocimiento de la existencia de este campo. Su labor sería siempre recordada por los refugiados, basta comprobar la colección de lápidas en la entrada que, en varios idiomas, muestran el agradecimiento a L’ange de Gurs.






El cementerio es otro lugar para la constatación de la ignominia. La disposición alineada del más de un millar de tumbas, la coincidencia en las fechas de fallecimiento de personas de orígenes tan diversos y lejanos, dan pistas de los horrores vividos. Muchos de quienes allí yacen fallecieron a causa del hambre, el hacinamiento y las enfermedades infecciosas. Entre ellas, unos 30 republicanos españoles. De algunas lápidas cuelgan pequeñas tiras con los colores de la bandera republicana, señalan el lugar donde hay un español o, si los nombres suenan a otro idioma, seguramente se tratará de un brigadista que vino a luchar contra el fascismo y terminó allí sus días.  A la derecha, encontramos un monolito en su recuerdo. En el recinto hay otro monumento dedicado también a los judíos que allí descansan. Lo más sorprendente y revelador de cómo se tratan estos temas en los países verdaderamente democráticos es que este cementerio tan bien cuidado, lo está a costa del Estado alemán. Nos contó nuestro guía que, cuando el cónsul de este país en la zona visitó el lugar en los años sesenta del siglo pasado, y comprobó el estado de abandono y olvido en el que se encontraba, realizó las gestiones necesarias en Berlín para que se cuidara de mantener en buen estado el recinto. Y así hasta hoy, lecciones de cómo se repara la memoria histórica que están pendientes de aprenderse en España.



Después de esta emocionante visita, reparamos el cuerpo y el ánimo con una exquisita comida francesa que, con amabilidad y paciencia, nos sirvieron en horario español en Chez Germaine, un encantador restaurante de la localidad de Geüs d’Oloron. Era muy necesaria esta pausa  porque por la tarde nos esperaba otra sesión plena de emociones. Como nos recordó Raymond Villalba, otro de nuestros maravillosos guías, es necesario remarcar que el Sur de Francia no fue liberada por las tropas aliadas, quienes lo hicieron fueron los guerrilleros de la Resistencia y con ellos, numerosos republicanos.  Entre estos se contaban los padres de otra de nuestras acompañantes, Carmen Flachat, hija de una aragonesa y un extremeño que emigraron a Francia en busca de trabajo en la década de los años 30. Ella fue quien nos guió en nuestro recorrido por  Buziet, una pequeña localidad    en la que el 17 de julio de 1944 sucedió un trágico episodio que costó la vida a varios guerrilleros españoles, que cayeron en una emboscada cuando se encontraban reunidos en la “maison jaune”, una casa del pueblo donde su propietaria les daba infraestructura y cobertura para sus misiones guerrilleras. La jornada es inolvidable para todos los vecinos y en el cementerio anexo a la iglesia se encuentran numerosos recuerdos a los héroes de aquella jornada. Carmen conserva con gran devoción un ejemplar La lucha del Guerrillero (boletín oficial de la UNE, Unión Nacional Española), del 1 de octubre de ese mismo año en el que se relatan los hechos.






La parada final fue ante el monumento escultórico que se levantó en el lugar en 1999. Se trata de una escultura de Luis Guerra (escultor descendiente también de republicanos españoles exiliados), está realizada en acero inoxidable, porque el autor consideró que era el material más resistente al paso del tiempo, simbolizando su voluntad de que el recuerdo permanezca permanentemente. La parte más gruesa, el cubo, representa a Francia, la parte de atrás, en vertical, representa a España (los guerrilleros españoles), se incluye una silueta triangular (le Pic du Midi) y una luna que encierra un doble significado: por un lado, la noche, porque la mayor parte de las acciones guerrilleras se realizaban en la nocturnidad; y, por otro, la Luna como un lugar desde donde no se aprecian las fronteras.  El escultor ha grabado cuatro nombres de fuerte sonoridad española, Paco, Diego, Angel y Carmen, que para él representan los ecos de su infancia de hijo de republicanos. Al dorso se ha grabado igualmente la fecha y la hora de la tragedia, así como la referencia al valor y heroísmo de los republicanos españoles de la Xª Brigada que combatió con la Resistencia francesa. La obra se completa con unos versos de las coplas de Juan Panadero de Rafael Alberti

“Esperanza del que espera,
Fe del que sufre destierro,
                                                                          Luchando en tierra extranjera”



Pero si la visita es necesaria para conocer nuestra historia y rendir el homenaje merecido a aquellos hombres y mujeres que sufrieron y entregaron su vida a la lucha contra el fascismo, primero en España y después en la Francia ocupada, es inenarrable la emoción de hacerlo en la compañía de Emilio, Raymond y Carmen, hijos de aquellos héroes y que viven el recuerdo y la ilusión con la misma intensidad que les transmitieron en aquellos difíciles tiempos de su infancia. A ellos todo nuestro agradecimiento, es encomiable su trabajo de recuperación de la Memoria Histórica y el esfuerzo por divulgarla entre las generaciones más jóvenes. Además están especialmente esperanzados en que este trabajo voluntario y apasionado se complemente con las aportaciones que el Estado francés les ha prometido recientemente.



Una última reflexión que nos inspira la visita es la alegría de comprobar que, aunque haya costado muchos años, cada vez más el reconocimiento a la lucha y entrega de los republicanos españoles es visible en Francia, incluso el Estado español ha participado en alguno de ellos. Emilio nos llamaba la atención sobre el hecho de que la columna destinada al memorial de los republicanos internados en Gurs, lleve el reconocimiento del “Reino” de España, para él era muy significativo que aparezca ese término. Sin embargo, todo ello se confunde con la profunda tristeza de constatar que este tipo de homenajes sean tan difíciles y escasos en España.


domingo, 25 de noviembre de 2018

Escuela: se cierra a las 14:00




Tengo una amiga maestra y residente en un pueblo situado a dos horas de coche de una de las tres capitales aragonesas. Me contaba que está convocada a una sesión de formación mañana mismo de 9:00 a 14:00,  lo que evidentemente le supondrá un buen madrugón. Lo curioso es que se da la circunstancia de que, hasta hace poco, lo habitual era que este tipo de reuniones provinciales centralizadas se convocaran a las 10:00, precisamente en consideración a quienes acuden desde los lugares más apartados de la provincia, pero últimamente se han venido adelantando. No quiero ser mal pensada, pero me resulta sospechoso que, casualmente en la ciudad donde se celebran este tipo de reuniones, todos los centros públicos hayan optado por la jornada continua; así que quizás la causa de este adelanto horario se deba a la necesidad de respetar los horarios laborales del profesorado de esta nueva modalidad de jornada, los que trabajan y residen en el entorno urbano, aunque eso suponga un grave inconveniente para los de las zonas rurales alejadas. 

"Efectos secundarios" de esta nueva tendencia de “escuelas  clausuradas a las dos de la tarde”, un formato de centro laboral de horario concentrado contrapuesto al centro educativo integral (el que abarca períodos lectivos y lúdicos) en el que tanto hemos creído  (y algunas seguimos creyendo aunque estemos ya fuera de las aulas) . En este caso además  afectan incluso a una parte del  profesorado, ese mismo sector que con tanta devoción y alegría ha abrazado mayoritariamente los nuevos horarios.  Una curiosa manera de cuidar y mimar a las  escuelas y los maestros/as de las zonas rurales …

Precisamente hoy mismo La 2 de TVE, en el programa Imprescindibles dedicado a María Moliner, recordaba el Plan de Bibliotecas Escolares promovido por ella en tiempos de la II República Española. Dª María destinaba un lote de libros a cada escuela de cada pueblo, en él, ademas de  los títulos de literatura infantil, incluía un apartado de lecturas para los adultos de la localidad, para que éstos pudieran acudir en horarios nocturnos a las escuelas a leerlos. Cambian los tiempos, cambia el espíritu y la metodología pedagógica pero permanecen las desigualdades:  ya no son campesinos analfabetos de boina (o mantón) los que necesitan de esos espacios culturales pero hay colectivos como minorías étnicas, inmigrantes, familias desfavorecidas ...  que podrían beneficiarse de unos espacios escolares abiertos  para aprender español, recibir formación cultural, apoyo en la educación de sus hijos ... 

Sin embargo, desde mi ventana que da al patio de una escuela pública, contemplo con tristeza cada día cómo se cierran las puertas a as 14:00 y sólo unas pocas criaturas se quedan correteando por el patio. Unos, los menos, como justificación testimonial de que queda algún profesor/a por el cole (ya veremos hasta cuándo duran estas clases de refuerzo, yo no les doy más allá de dos o tres cursos escolares) y, otros, pobrecillos, esperando a que sus padres salgan de sus respectivos trabajos y acudan corriendo a recogerlos.

Enlace al documental María Moliner, tendiendo palabras. Dirigido por Vicky Calavia en la serie Imprescindibles de La 2. 

viernes, 23 de noviembre de 2018

Gurriones en el cementerio






El viernes ocho de junio de 2018 tuve la oportunidad de realizar una interesante y estremecedora visita por algunos lugares de nuestra memoria recuperada. Con la magnífica guía de Pilar Amador, profesora de Historia jubilada, y organizado por la Universidad Popular de Zaragoza el recorrido se desarrolló entre la cárcel de Torrero  y el cementerio del mismo nombre. El relato de  las múltiples vilezas que se sucedieron en estos escenarios desde aquel lejano viernes del 17 de julio de 1936  es tan necesario  como “voluntariamente” ignorado por las familias de las víctimas y perversamente ocultado por los verdugos, afirmaciones que dan para un tratado extenso pero en este artículo lo que quiero destacar es un detalle minúsculo de todo lo aprendido en la jornada. Se trata del grupo de pequeños pajaritos (gorriones) que se asoman al lugar donde concluyó la visita,  las aberturas en el cubo central del Memorial a las víctimas de la violencia franquista que el Ayuntamiento de Zaragoza erigió en su día en el antiguo aparcamiento del cementerio de Torrero, frente a las instalaciones del tanatorio.

El monumento se levanta muy cerca de la tapia donde fueron ejecutadas la mayoría de las 3.543 víctimas de la represión política entre 1936 y 1946, un listado que incluye personas de edades que van desde 13 a 78 años, la mayoría de la capital aragonesa, aunque las hay de otros 348 municipios. Es importante reseñar que su elevación contó con el  acuerdo unánime de todos los grupos políticos en sesión municipal de fecha 25 de septiembre de 2009 y que el Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, Julián Casanova, y sus colaboradoras Angela Cenarro, Julita Cifuentes, Mª Pilar Maluenda y Mª Pilar Salomón  se encargaron de realizar un exhaustivo estudio para establecer la identidad y circunstancias de los represaliados. La obra se compone de 3.543 placas de acero galvanizado, una por cada una de las víctimas recuperadas con indicación de su nombre  (aunque 607 no han sido identificadas) que se ordenan alfabéticamente según el día, mes y año de fusilamiento, formando una espiral de 500 metros. La información procede de los libros de defunciones del registro civil, del propio registro del cementerio, de los expedientes de inscripción del Juzgado y de los archivos militares. Las anotaciones del fraile Gumersindo de Estella, capellán de la prisión y testigo de las ejecuciones, fueron de extraordinaria ayuda para el recuento elaborado. Pilar Amador, nuestra guía para la ocasión, destacó el importante testimonio de este sacerdote, encargado de confesar a los reos de muerte y que, horrorizado por los horrores  que tuvo que presenciar (valga más que nunca la redundancia), optó por llevar un diario con los detalles de las macabras madrugadas hasta que no pudo resistir más y pidió traslado. En opinión de esta historiadora, su papel es comparable al de Goya en  los Desastres de la Guerra, ambos fueron testigos presenciales nos recuerdan que “eso fue así, yo lo vi, no me lo han contado”. (Los diarios de Gumersindo de Estella así como el estudio de la Universidad están publicados por Mira Editores y se pueden conseguir fácilmente en el mercado).
El diseño del motivo ornamental del Memorial fue obra del equipo de arquitectos de Fernando Bayo y del escultor Miguel Angel Arrudi, que construyeron en el centro una estructura cúbica de chapa, de 4 metros y medio de alto . Este cubo supone el punto de partida de la espiral formada por las chapas metálicas que recuerdan a las víctimas y en él se puede leer la inscripción: "Recuérdalo tú y recuérdalo a otros", versos de un poema de Luis Cernuda. Según el escultor, el cubo "está pintado de color rojo porque simboliza la sangre, el sufrimiento y la pasión de todos los que representa este singular memorial".


La escultura, a su vez, aloja en diversos huecos y planos ( las ventanas a la libertad) una serie de gorriones de bronce a tamaño natural. Es precisamente este motivo el que me ha llevado a invitar a todos los lectores de El Gurrióna este doloroso paseo por nuestra memoria histórica. Los gorriones que se posan en los huecos del monumento fueron elegidos  como símbolo de la pequeñez y fragilidad de aquellas pobres víctimas que se vieron aplastadas por las botas militares y el fuego  de los fusiles. A su vez y, según el propio Arrudi, el conjunto crea una “sensación plástica y paisajista de gran impacto, la espiral transmite la violencia y la brutalidad de los hechos que se conmemoran”.
Entre los pasillos de la espiral que forman las interminables chapas crecen arbustos aromáticos: aliaga, enebro, romero, tomillo, lavanda, salvia, orégano, menta,... que en el momento de nuestra visita necesitaban urgentemente una poda y limpieza pues a causa de las abundantes aguas de la reciente primavera se habían extendido salvajemente. El monumento se consideró único  pues  “en él  las víctimas republicanas aparecen identificadas de forma individual por primera vez" según manifestó el Consejero de Urbanismo e Infraestructuras de la corporación municipal el día de su inauguración, el 27 de octubre de 2010. Añadió también que "no hay ningún ánimo revanchista en el Memorial y se realizó tras el acuerdo unánime de todos los grupos pues se trataba de reconocer la deuda moral que tenía la ciudad con las víctimas". Ese día fue una fecha de inmensa emoción para todos los asistentes, entre los que se contaba el entonces alcalde de Zaragoza, Juan Antonio Belloch, el presidente de Gobierno de Aragón, Marcelino Iglesias, el de la Diputación Provincial, Javier Lambán, los alcaldes de algunas de las localidades de procedencia de las víctimas así como innumerables vecinos y familiares de los fallecidos. También asistió al acto Joan Manuel Serrat cuya madre,  como todos sabréis, procedía de Belchite.  La familia fue masacrada y ella, que era una niña,  la única superviviente que consiguió huir a pie, siguiendo las vías del tren y pudo llegar  a Barcelona donde se instaló.
Joan Manuel Serrat en la inauguración del Memorial

Termino esta breve mirada al pasado con unos tristes versos extraídos del"Díptico español", de LuisCernuda


La vida siempre obtiene
revancha contra quienes la negaron:
la historia de mi tierra fue actuada
por enemigos enconados de la vida.
El daño no es de ayer, ni tampoco de ahora,
sino de siempre. Por eso es hoy
la existencia española, llegada al paroxismo,
estúpida y cruel como su fiesta de los toros.

Un pueblo sin razón, adoctrinado desde antiguo
en creer que la razón de soberbia adolece
y ante el cual se grita impune:
muera la inteligencia, predestinado estaba
a acabar adorando las cadenas
y que ese culto obsceno le trajese
adonde hoy le vemos: en cadenas,
sin alegría, libertad ni pensamiento.

Si yo soy español, lo soy
a la manera de aquellos que no pueden
ser otra cosa: y entre todas las cargas
que, al nacer yo, el destino pusiera
sobre mí, ha sido ésa la más dura.
No he cambiado de tierra,
porque no es posible a quien su lengua une,
hasta la muerte, al menester de poesía.



Fuentes:

- FRANCO, Marta: "Cientos de personas homenajean a las víctimas del franquismo", El Periódico de Aragón, 28 de octubre de 2010


(Artículo  publicado en la revista El Gurrión, nº 153 (noviembre 2018)

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